Durante una entrevista radial, el economista describió un panorama donde “la inflación dejó de bajar hace meses”.
“La gente toleraba el esfuerzo cuando veía que la inflación caía fuerte. Pero ahora eso se frenó”, explicó. En ese marco, el deterioro del poder adquisitivo, la pérdida de empleo y la incertidumbre empiezan a erosionar la confianza.
Según el análisis de Álvarez Agis, la Argentina volvió a un punto de estancamiento que ya atravesó en distintos momentos de su historia reciente. Un nivel de actividad que no logra romper su techo y una inflación que, aunque lejos de los picos, sigue siendo elevada.
Ese combo tiene nombre en la jerga económica: una dinámica cercana a la estanflación. Es decir, una economía que crece en los números agregados, pero que no derrama en la mayoría de la población.
“El PBI puede mostrar una mejora, pero cuando uno camina la calle, seis o siete de cada diez trabajadores dicen que están peor”, sintetizó.
El diagnóstico pone el foco en una paradoja: los sectores que impulsan el crecimiento —campo, energía y minería— son, al mismo tiempo, los que menos empleo generan. Mientras tanto, actividades clave como la industria, el comercio y la construcción —que concentran la mayor parte del trabajo— muestran retrocesos.
El resultado es un crecimiento “desigual”, donde los números macro conviven con una sensación social negativa.
Otro de los ejes centrales es la velocidad de la apertura económica. Para Álvarez Agis, el proceso actual no tiene antecedentes en la historia reciente por su rapidez y por el contexto internacional adverso.
La combinación de importaciones más baratas, caída de la demanda interna y sobrestock genera un escenario complejo para la producción local. “Es una doble presión: menos ventas y más competencia externa”, explicó.
En ese marco, incluso empresas locales comienzan a reconfigurar su modelo, recurriendo a la importación directa ante la imposibilidad de competir en costos.
Frente a este escenario, aparece el principal desafío del programa económico: sostener la baja de la inflación sin profundizar la recesión.
Según el economista, ya hay señales de un cambio incipiente. La baja de tasas de interés y una mayor circulación de pesos apuntan a aliviar la presión sobre empresas y familias, aunque eso implique tolerar una inflación algo más alta en el corto plazo.
“El riesgo es querer bajar la inflación a cualquier costo. Si lo hacés en este contexto, podés empujar a la economía a una recesión más profunda”, advirtió.
Mientras tanto, en la calle, el termómetro social empieza a registrar otro clima. El cansancio, la preocupación por el empleo y la incertidumbre sobre el futuro inmediato se consolidan como factores centrales.
La economía, una vez más, entra en una zona de tensión donde los números y la percepción comienzan a divergir. Y donde la pregunta ya no es solo cómo estabilizar, sino cuánto está dispuesta a soportar la sociedad.





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